De las destrezas que uno adquiere durante su vida suelen nacer las victorias del día a día. Cuando una persona madura, va advirtiendo al tiempo la necesidad de usar el silencio y la conveniencia de tomar la palabra, pero sobre todo ha de medir la profundidad y cuantía de aquello que salga de su boca. Siempre he odiado estar obligado a ejercer ese control sobre uno mismo y sobre los demás. En gran parte por el esfuerzo que le supone a una persona como yo, pero por otra por el estancamiento que provoca en las relaciones y sobre todo en la "verdad". Sé que es utópico e incluso una mala forma de gestionar las comunidades o grupos pero particularmente me exaspera hacer preguntas y que vadeen las respuestas, exponer una opinión limpia y encontrar contertulios con miedo a expresar su verdadero sentir, respuestas politicamente correctas o silencios salvaculos. Este post no intenta el convencimiento ni busca explicaciones; las conozco perfectamente y entiendo cuales son las razones por las que todo funciona así, incluso pienso que dificilmente podrían funcionar de otra manera. Este post solo vive para el desahogo de alguien que se cansa de hacer las cosas como no quiere, como obliga la supervivencia en una sociedad competitiva, trepa y basada en saber esconder, driblar la respuesta y sobre todo aprovechar la palabra de otro en beneficio propio.
Llevábamos tiempo en crisis. Lo dijeran los gobiernos o no. Lo que es cierto es que no siempre la hemos reconocido ampliamente, en todo su esplendor y profundidad, probablemente por encontrarnos en el cuarto de la población mundial desarrollada. Con nuestros problemas, claro, pero ajenos a la desesperación de los demás. Tan sólo ciegos a los otros tres cuartos subdesarrollados. Y cuando los telediarios nos lo han mostrado, ha sido suficiente la paulatina pero implacable naturalización de la necesaria coexistencia de ricos y pobres monetarios para silenciarla, pese a la multitud de voces y procesos críticos de diferentes procedencias a las reglas del juego desarrollistas. Ese cuarto mundial ha sobrecrecido gracias a una ávida avaricia que ha dejado en la cuneta a los otros tres. Y yo lo he disfrutado. Aunque los obviara. Aunque no fuera consciente de la desesperación silenciosa e impotente, a veces inmolada, ni siquiera de la indignación en su justa medida.
Esta crisis del desarrollismo humano ahora nos toca de cerca promovida y hasta espoleada por la dimensión económica. Hablamos, por fin, de crisis económica cuando, naturalizada y neutralizada la inequidad de los cuartos, el equilibro del bienestar y de sus pilares económicos que lo sustentaban, en acuerdo pacífico hasta el momento, no son tan fiables como pensábamos. Al menos ya no garantizan al conjunto del cuarto (antes tampoco a la mayoría) esa seguridad económica que posibilitaba el desarrollo creciente, la estabilidad, el pacto y el consenso social. En este camino, muchos otros quedaron en la cuneta, pero es fácil silenciarlos, ocultarlos, incluso menospreciarlos. Entretanto, tantas pateras, indigentes, maltratos, e historias desdibujadas, a la intemperie.
Sólo entonces suenan sirenas y alarmas. Y suenan porque las portan los que accedemos al sistema de bienestar, los que disfrutamos de los códigos, las herramientas y los medios que posibilitan que las primeras portadas se hagan eco, y entonces tengamos voz. Hasta hace poco, sonaban sirenas, claro, pero eran ruido que podíamos ecualizar. Ahora nos roza y empuja una situación que lograríamos compartir –salvando las distancias infinitas aún- con la mayoría de mujeres y hombres del planeta, los otros tres cuartos, los “sin-portadas”, pero eso no importa tanto ahora. Una situación en la que no sólo entra en crisis lo económico, porque es capaz de subrayarnos la fragilidad de lo basado en lo económico. Y esta oportunidad es escaparate de los valores que hasta ahora, en ávida avaricia, han promovido y son principio de nuestro sistema económico, desnudo de otros tan de moda como la solidaridad, la justicia, la igualdad y tantos del estilo, lejos de los modelos burbujas actuales.
Sonaban entonces conatos de indignación. Siempre han estado, pero en las páginas de sucesos. Ahora saltaban a las primeras páginas, a portada. De forma razonada, en protesta pública y en su mayor parte desorganizada contra un modelo que ahora también comienza a dejarnos leve y sutilmente fuera a los que lo disfrutábamos. El día a día en la empresa se hace duro. Los pagarés se amontonan, los primeros de mes son una mueca impotente ante la imposibilidad de las nóminas... vencimientos, devoluciones, morosidad, riesgo, eres y tantas históricas teorías en la universidad, y los libros, son ahora una realidad afilada y sangrante. Despidos, colas en los bancos y en las oficinas de desempleo, y de nuevo nuevos sin nombres del sistema, antes conocidos. Se encoge el cuarto. Y ahora portamos la indignación.
Corrillos en oficinas, en despachos, en pasillos protestando por unas amenazas que, como siempre, no han tenido una diana certera y única. ¿Bancos? ¿Gobiernos? ¿Sistema? ¿Ricos? ¿Pobres? ¿Contra quién o qué protestar? ¿Contra quién o qué indignarse, más allá de lo subjetivo? ¿A quién vapulear, y hacer culpable de la indignación? Esa falta de culpables ha sido una de las garantías del actual modelo, que ha sido capaz de amordazar responsables, y, en el fondo, cuando las soluciones no surgen por sí mismas, está siendo semilla de la desesperación. Del me cago en al no sé qué voy a hacer. De la indignación razonada, a la desesperanza realista. Del salgamos a la calle al para qué. Esta semana temblaba por la devolución de un pagaré negociado, cuando me enteré de lo que valía una paliza a un deudor solvente. Lo comentaba un buen amigo mío desesperado apurando hielos en un bar a media tarde, al lado de mi café, que sigue en pie junto al ariete de la persistencia, la indignación, y los fines de semana de trabajo incansable, los desvelos, y la tensión permanente. El paso a la desesperación lo sustenta la irracionalidad, las soluciones desvalidas y desnudas de cualquier apoyo, incluso de justificación legal. Pero la crisis económica es, en el fondo, causa y efecto de una crisis humana. De modelos de crecimiento deshumanizantes, que ahora compartimos los cuatro cuartos en la distancia y con las diferencias que imponen las prioridades en los salvavidas y medidas de rescate. Y que, desde luego, en nuestro cuarto permeabiliza las clases, los trasvases de éxito y fracaso. Es capaz, al límite, de llevar a personas de portada al lodo amortiguado, pasando por la prevaricación y el tráfico de influencias y la corrupción. De las primas millonarias, a la presunción de culpabilidad. De la falta de acceso a los derechos básicos, al olvido por la desatención, y entonces al drama y la muerte. De la indignación, a la desesperanza. Por sí solo, arropado por diferentes valores tan humanos como antagónicos. ¿Por qué siempre querremos más?
También hace poco, otro buen amigo me comentaba que, aunque desde la dirección de su empresa le plantearon sin alternativa despedir a un trabajador concreto, él decidió echar a otro por motivos que nada tenían que ver con la productividad, buceando en la realidad de ambos. Me sorprendió y gratificó su estancia en la indignación. ¿Cuánto será capaz de aguantar ahí? Velas para él. Podríamos anhelar actitudes heroicas, e incluso reprocharlas, pero en el contexto actual lo que es de barro, los pequeños detalles, son un pequeño tesoro que podemos disfrutar.
No estudié para asegurarme un buen sueldo. No pensé sólo qué ser, sino quién ser, y traté decidir (yo que podía) desde ese itinerario reflexivo en lo que supe y pude. Pero la productividad lo condiciona, y cuando los pagarés se amotinan, y el sistema no responde, los escalones racionales parecen agotarse y atascarse, y es difícil que las marchas no rasquen. Rezaré por un día en que los balances de empresas, estados y sociedades se vean condicionados por los cómos, por los modelos, y los para qué y para quién. Seguro que los diferentes cuartos entonces nos daremos la mano, nos reconoceremos, y garantizaremos el equilibrio futuro y la sostenibilidad humana de nuestro crecimiento y desarrollo.
Todo esto no es la reflexión de un colectivo, aunque pueda coincidir. Lo escribo desde mi experiencia como gerente de la empresa TECNYMAN SL, y apoyado en mi proceso vital como miembro de movimientos cristianos de acción católica y de oenegés de desarrollo.
Con más tiempo escribiré la entrada, pero me ha sorprendido muchísimo este artículo. En el se hace una clasificación de las drogas ordenando por la adicción que provocan. Leedlo y dadle alguna vuelta a ver si llegáis a la misma conclusión que yo. Ta luego.
Éstas son las cosas sencillas de la vida que te transportan a la infancia más inocente. Sólo con revivirlas en la imaginación te dan un masaje mental que es casi un esfoliante para el cerebro. Aquí tenéis un ejemplo de un tipo que cuando llegó a los 18 siguió haciéndolo y claro está, se le nota.
Casi siempre es un acierto leer a Enrique Meneses, por norma demasiado polarizado, pero es de esos que enseñan tanto contando lo vivido que hasta da cosa tener una opinión distinta. Hoy, echándole un ojo a mi Google Reader (compañero diario en "Jara" y viejo amigo de breves y distantes reencuentros en las "Escolapias") me he encontrado con una curiosidad en su blog. Os pongo el link y lo leéis si os apetece, que hoy estoy perretepa´ escribir:
Una vez, no hace mucho ni poco tiempo ocurrió lo que nunca volverá a suceder, abrid vuestras puertas para acercaros a lo vivido por una pequeña cobaya del destino. La hicieron llamar Paloma y como su historia era una niña singular, tenía un corazón débil, más vulnerable de lo que su edad admitía y cierto día, el viento y una puerta decidieron jugar con la sorpresa de Paloma y la inconsciencia de dos crios; así fue como sucedió la primera vez, así fue como la niña cambió el vaso de leche en la mesilla por el gotero nocturno durante dos duras semanas. Ese acontecimiento cambió su ser para siempre y fue la causa del desarrollo de un voráz apetito por el conocimiento, pensando que si destripaba el funcionamiento del mundo, no volvería la sorpresa a alimentar la curiosidad de su corazón, hasta tal punto que decidiera de nuevo detenerse para mirar. Quería saber el cómo y el por qué de todo, dominar todas las variables de todos los elementos que pulularan juguetones a su alrededor y así, ver venir sus físicas travesuras como el que predice la comida con el olor al abrir la puerta del hogar. Exponencialmente fue creciendo su deseo por saber, convirtiéndose en algo casi instintivo, casi genético, buscando predicciones cada vez más complejas que eliminaran de su cosmos la sorpresa. Queriendo vaticinar el futuro, buscar indicios que le llevaran a visiones cada vez más lejanas del qué será. Pensaba en la próxima semana, en el próximo mes, en la fecha en que la cornisa perderá su batalla con la gravedad, en el momento que el pomo se divorciará de la puerta para pedir la mano en segundas nupcias, enfermizamente llenando su mente de probabilidades del mañana, pero cada vez con más ahinco del pasado mañana, interpolando su juventud, su madurez, incluso su vejez. Todo esto la convirtió en una mente compleja, pero completa, llena de datos y conocimiento, llena de seguridades y a la vez de miedos a los que vencer con más conocimiento. Odiaba lo aleatorio, lo impredecible, y abrazaba la calma de lo protocolario, de la ley natural sin excepción, sin excusa. Acostumbraba a saltarse una de cada dos noches para analizar con su particular método científico la dinámica de un mundo que le pillaba a esas horas ausente por el sueño, pero que podía jugarle malas pasadas que podían ser la última. Una de esas noches mientras clasificaba los sonidos de las diversas especies que habitaban más allá de su ventana, comenzó a escuchar unos ruidos que poco a poco fueron mutando a timbres cercanos, a balbuceos y más tarde a palabras; no supo nunca de quien eran pero agradezco que lo hiciera así, poco a poco con calma, para no despertar a la sorpresa. Cuando la voz se hizo totalmente inteligible comenzó a susurrale, a contar con tanta precisión, con tanta maestría que la palabra se veía y pudo oirlo todo con los ojos. Aquella voz que sonaba a imágenes le mostró la película de su vida, pasado, presente y futuro. Vio y supo, como ella quería, pasó por todos los días de su vida en unas horas, y aquella voz le regalo un hurto, le robó la sorpresa, le quitó para garantizar su vida. Le enseñó tanto cambio como el que sufre cada alma que nos habita, tanto paso, tanto salto como los que nos manda la vida llegando por fin al final de la partida. Supo allí que lo sabía todo, todo sí, pero no se conocía. No sabía discernir entre tanto cambio quien era en esencia ella, quién de verdad vivía, quién había sido, quién era, quién sería. A pesar de que pasó como su voz le decía, toda la vida buscándose y toda la vida perdida.